4 de junio de 2010

La muerte y el caballo


Era un caballo fuerte, como los de tiro que se ven en las  viejas estampas.Tratando de que aprendiera a rayar paso, a más de un peón decepcionó. Pero era fuerte y joven, pues no pasaba de los  cuatro años, que en un caballo encierra los días más briosos de su juventud. Ese brío y la imposibilidad de ritmo acompasado le llevaron el nombre de Merengue y el apodo de  "quiebrahuevos", pero él lo compensaba con creces con su vigor para el trabajo.
Aquella semana uno de mis hermanos y un amigo de él llegaron a la finca y juntos,los tres, urgidos por nuestros bolsillos vacíos, emprendimos,  bajo la aquiescencia de mi padre, la corta de  "boya" en la montaña. La mañana nos llevaba al monte y el sol rayando los cerros del occidente nos traía de vuelta a la casa.  Para los lectores que no conozcan a que labor nos estábamos dedicando le diré que la boya, también llamado palo de balsa (O. pyramidale) es un árbol que tiene dos propiedades características: su rápido crecimiento y su  liviandad, una vez seco.  Sus variados usos hacen que sea muy comercial y al mismo tiempo nuestra víctima. Talamos unos 20 árboles medianos, antes que grandes y  los cortamos en trozas para posteriormente  arrancarles la corteza  haciendo un corte en zigzag con el machete, para posteriormente, con un palo puntiagudo hendir donde hicimos la línea zigzagueante. Con mucho esfuerzo se desprende la corteza gris para que se pueda ver la pulpa dura, brillante y mucilaginosa, por un momento, porque la corteza desprendida totalmente servía de pista de carreras donde el mucílago era el motor. "¡Va la boya!" era el grito destemplado, avisando si algún desprevenido estaba loma abajo, para que cuidara sus pantorrillas de aquel proyectil que bajaba arrasando bejucos y arbustos.Los trozos se  amontonaban en la parte baja de la montaña para su traslado.

Así hasta el jueves. El viernes había que trasladar lo conseguido con  nuestra denodada labor hasta la orilla del río Barro, que serpenteaba colina abajo, a unos 1200 metros de donde habíamos acopiado las trozas de los árboles.
Por su fuerza, el caballo Merengue fue llamado, ya que en ese entonces mi padre no tenía más acémilas aparte de una mula vieja y de unos burros plomizos de unos trabajadores, los cuales no servían para esa labor. Ésta consistía en adosarle a los costados de el animal dos trozas, amarrados a la montura con sogas  y  así,   remolcándolo,  hasta la orilla del río.Algunas veces cuando había algún pedazo más pequeño, el equino lo llevaba arrastrando.
Aquel día, me acuerdo muy bien, trajo unos de esos soles bárbaros que sólo tiene  marzo por estas tierras. Merengue llevaba un viaje y regresaba loma arriba a ver el siguiente, su lomo lustroso y sus costados  perlados por el sudor con el fuelle de su respiración yendo y viniendo. No se pudo terminar el trabajo, faltaron unas pocas trozas así que se dejó el caballo cerca de la casa para terminar la labor temprano al otro día, que era ya el señalado para nuestro viaje río abajo.
El sábado  amaneció díafano, con un tropel de pajaritos ensordeciendo en el bosquecillo del estero.Mientras el amigo de mi  hermano hacía los tres últimos viajes nosotros dos ayudábamos  en el ordeño. Una vez listos, salimos de la casa con el último viaje del caballo.
 El amigo de mi hermano,  tenía ya casi listo las balsas. Había llovido moderadamente  la noche anterior para las cabeceras de Membrillo así que El Barro nos prometía un viaje rápido pero sin sobresaltos. Descargamos de Merengue las dos últimas trozas y ellos, cual mayores, subieron a la balsa para terminar de acomodar los aparejos. "Ya estamos casi listos, Rolando, amarra el caballo en el toronjo que Rosendo lo viene a ver más tarde", me dijo mi hermano . Merengue quedó sujeto, apacible, pero hambriento, como diciendo " vé amito, aquí espero a que me vengan a ver, esta tarde comeré yerba fresca en el potrero de adentro"
Sobé sus músculos adoloridos y bajé por el barranco, un minuto después la corriente nos llevaba con nuestro cargamento. En la Esperanza vendimos nuestra carga y llegamos cansados, pero felices, a Calceta.

Merengue nunca llegó al potrero esperado. El hambre lo traicionó. El vaquero, displicente, no lo vino a ver sino hasta la tarde y el caballo, hambriento, tras una jornada de galeote el día anterior y los tres viajes de la mañana, tenía  ¿hambre? ¿sed? empezó a rumiar los escuetos yerbajos que la soga le permitía alcanzar, cuando se terminaron éstos alargó lo que más pudo el pescuezo hacia el barranco fatal, donde sobresalían unas hojas suculentas. Un resbalón llevo a su ágil pero pesado cuerpo al vacío y la soga exprimió su último aliento hasta que los estertores de muerte pasaron. Ninguna queja, ningún sonido salió-no pudo salir- de su garganta. Una alma caritativa que pasó tres  hora después cortó la soga, el cuerpo  cayó con un estrepitoso chapoteo al agua del río.

 Un destello en mi memoria, que se ha filtrado a través del velo de estas dos décadas que nos separan de esos acontecimientos, me muestra un caballo de color café claro, en el que aprendí (si se puede decir) a montar y del que alguna ves me caí sobre unos terrones dolorosos. Merengue vivía sobre las glorias del Biscochuelo, aquel alazán que escribió páginas memorables en toda la comarca y que murió después de copular con algunas generaciones de ansiosas potrancas y no dejar ningún retoño que le diera más vida a su fama. Merengue fue el caballo de mi niñez, de esos días en el el aire sobre Relámpago era más puro  e inabarcable, de esos días, que vale repetir una vez más, no volverán. Esos días, así como Merengue, murieron hace mucho tiempo.

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